SANTO DOMINGO. – En el marco de la Temporada Sinfónica en la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional, la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) ofreció una velada dedicada íntegramente a las complejas composiciones de Richard Wagner, bajo la batuta del maestro José Antonio Molina, quien dirigió todo el programa de memoria y sin partitura.

El concierto destacó por el equilibrio entre las secciones instrumentales, la nitidez en las texturas y la gestión de las grandes intensidades expresivas requeridas por el repertorio del compositor alemán.

Un recorrido por el dramatismo y la solemnidad wagneriana

La primera parte del programa abrió con el preludio del primer acto de La valquiria, caracterizado por el impulso dramático de sus cuerdas, seguido por la obertura de Rienzi, en la que se alternaron pasajes de recogimiento y momentos de gran sonoridad ejecutados por la sección de metales.

Posteriormente, la Marcha fúnebre de Sigfrido (de El ocaso de los dioses) aportó gravedad y solemnidad al programa, mientras que el preludio de Los maestros cantores de Núremberg cerró el primer bloque con cohesión y vivacidad contrapuntística.

Potencia y lirismo tras el intermedio

En la segunda mitad de la función, la agrupación interpretó el preludio del tercer acto de Lohengrin, para luego dar paso a la tensión lírica del Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda, conducido por Molina con frases amplias y una sonoridad envolvente.

El cierre de la velada estuvo a cargo de la obertura de Tannhäuser, donde el tema de los peregrinos y los pasajes del Venusberg mostraron el balance final de la orquesta, confirmando la solidez técnica y la capacidad interpretativa del conjunto ante un repertorio de alta exigencia colectiva.

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