BILBAO. – La cantante Amaia Montero marcó este sábado un hito en la música española al reencontrarse con La Oreja de Van Gogh sobre los escenarios, tras casi dos décadas de separación y un largo proceso de recuperación personal. Ante un Bizkaia Arena del BEC completamente abarrotado por 15,000 seguidores, la vocalista original de la banda donostiarra dio inicio a la gira «Tantas cosas que contar», coincidiendo con el 30 aniversario de la formación y apenas unos meses después de la salida de Leire Martínez.

La expectación por ver nuevamente a la alineación original se tradujo en una noche cargada de simbolismo y emoción. Durante su primera intervención, Montero se sinceró sobre los problemas de salud mental que la mantuvieron alejada de la vida pública, confesando ante sus fans que llegó a bajar al «mismísimo infierno» y que en muchos momentos de oscuridad pensó que nunca volvería a pisar un escenario. Con un mensaje de resiliencia, la artista afirmó que regresaba con sus cicatrices pero con la voluntad de luchar, recibiendo una ovación cerrada que coreaba su nombre al unísono.

El espectáculo, que se extendió por dos horas, ofreció un recorrido exhaustivo por la trayectoria del grupo a través de 25 canciones. El repertorio incluyó himnos generacionales como «La playa», «20 de enero» y «Rosas», que fueron coreados por un público mayoritariamente treintañero que vibró con cada acorde. Una de las grandes sorpresas de la velada fue la interpretación de «El último vals», tema perteneciente a la etapa de Leire Martínez, un gesto que subrayó la intención de la banda de integrar todas sus eras musicales en este nuevo ciclo.

Acompañada por los integrantes originales Xabi San Martín, Álvaro Fuentes y Haritz Garde, además del guitarrista invitado Imanol Goikoetxea, Montero demostró que la química con sus compañeros permanece intacta. Uno de los instantes más conmovedores ocurrió durante la interpretación de «Tan guapa», donde la cantante y el teclista Xabi San Martín compartieron un momento íntimo que culminó en un abrazo fraternal. El despliegue visual de más de 40 pantallas y una puesta en escena minimalista completaron una noche que, para los asistentes y los propios músicos, representó mucho más que un simple concierto: fue la celebración de una segunda oportunidad.

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