El oficialismo retiene el control mientras la oposición se fractura y la comunidad internacional cuestiona la transparencia del proceso electoral.

El pasado 25 de mayo, Venezuela celebró elecciones parlamentarias y regionales en un ambiente marcado por la desconfianza y la apatía ciudadana. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), liderado por Nicolás Maduro, obtuvo el 82,6% de los votos y ganó 23 de las 24 gobernaciones, incluyendo la disputada Guayana Esequiba .

Sin embargo, la jornada electoral estuvo caracterizada por una alta abstención. El Consejo Nacional Electoral (CNE) reportó una participación del 42,6%, aunque fuentes opositoras afirman que fue tan baja como el 12,5% . La líder opositora María Corina Machado, quien llamó a boicotear los comicios, interpretó la abstención como un rechazo masivo al régimen: “Más del 85% de los venezolanos desobedecimos a este régimen y dijimos no” .

La oposición se presentó dividida; mientras algunos sectores participaron en las elecciones, otros, como el liderado por Machado, optaron por la abstención. Esta fractura debilitó su capacidad para enfrentar al oficialismo, que ahora controla la Asamblea Nacional y la mayoría de las gobernaciones .

A nivel internacional, las elecciones han sido objeto de críticas por la falta de observación independiente y las restricciones impuestas a la oposición. Organizaciones como Human Rights Watch han denunciado detenciones arbitrarias y represión contra opositores en el contexto electoral .

La comunidad internacional continúa monitoreando la situación en Venezuela, mientras crecen las preocupaciones sobre la erosión de la democracia y los derechos humanos en el país.

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